Pasado ya un tiempo desde la inauguración de la exposición de mis obras en Agramunt, puede ser éste un buen momento para hacer balance de la experiencia, aunque todavía dé tiempo de añadir más vivencias a la misma al quedar un mes para su finalización.
De la inauguración sólo puedo decir que pasó volando de lo mucho que la disfruté: la alegría de ver a la gente de Barcelona y de otros lugares que se acercó para verla, –pienso en Ingrid y su familia; en mi hermana Cristina, su pareja Óscar y el peque Oliver; en Rodrigo, Araís, Ramon; en Dani y Silvia; los amigos y compañeros de la escuela,…-, el poco tiempo que tuve para hablar con ellos y con otras personas que sin conocerme se acercaban a charlar un rato conmigo – gente tan interesante como Josep Farreny, un pozo de sabiduría que manifestaba su sorpresa de que me interesase la obra de Heidegger-, la hospitalidad y generosidad de Sera y de Gerardo, que tan fácil me lo han puesto para que todo estuviese a punto, de la misma manera que ha sido un placer tratar al galerista, entre otras cosas, Albert Malet, por la misma razón,…

De las semanas siguientes me quedarán en el recuerdo momentos mágicos y hasta con un punto surrealista, como la excursión a Agramunt para ver mis cuadros de buena parte de la familia de Montse –tíos y primos en tropel, a la manera felliniana-, deseosos de ver lo que hago y acabando todos en el refugio antiaéreo que hay enfrente de la galería, debajo de la iglesia románica del pueblo, cuya plaza compartida con la galería de Albert resultó un marco incomparable e irrepetible para lucir exposición, como lo es el mismo pueblo de Agramunt, con su Espai Guinovart, sus rincones y su gastronomia.

También la visita sorpresiva y brossiana –él ya sabe de quién hablo-, que como por arte de magia acabó con la venta de unos de los cuadros como quien de pronto saca un conejo de una chistera y te deja con cara de pasmo. También el vecino anónimo que se acerca a la exposición y al hablar con Albert sobre el material con el que están hechas algunas piezas, que parecen cuero o metal a pesar de ser cartón, y decirle éste que quiero experimentar con otros materiales en un futuro, aparece otro día y le trae una muestra de metal fino y maleable que me regala para que pruebe sus posibilidades –¡mil gracias!-, o el propio Farreny, que pasa otro día y me deja la bibliografía de una introducción a la filosofía de Heidegger, recomendándomela muy encarecidamente.

En fin, todas ellas experiencias que hacen que merezca la pena el esfuerzo que representa encerrarte horas en el taller para hacer una obra con la que llenar una sala de exposición sin saber muy bien si va a interesar a alguien y resultando que lo que obtienes es mucho más rico de lo que cabía esperar, en todos los sentidos, pues lo es, lo está siendo, en experiencias compartidas, en comunicación, en enriquecimiento mutuo, conseguido todo ello con pequeños, que no insignificantes, gestos.

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