En cierta ocasión cité aquí en el blog a Manolo Valdés haciéndome copartícipe de su observación de que llega un momento en que, siendo artista o aficionado al mundo del arte, empiezas a ver la realidad que te rodea como si de una obra de arte que conoces se tratase. Esta sensación o remembranza ocurre de tanto en cuando, de la manera más fortuita, como la que me pasó hace pocos dias, cerca de casa:
Iba en coche, ya de noche, y me alejaba de mi calle cuando pasé al lado de una cafetería que estan acondicionando para ser inaugurada en breve. Se da la circunstancia de que tiene prácticamente la totalidad de sus paredes de cristal, por lo que estaba iluminada con luz artificial y había algunas personas trabajando en su interior. Me quedé mirando su fachada de cristal, incluso un rato después de haber pasado a su lado, por el retrovisor del coche, con la extraña sensación de querer evocar en mi memoria la misma o parecida escena, creyendo haberla visto antes en alguna parte, un cubo de cristal iluminado en la oscuridad de la noche. Al poco, sonreí para mí, recordando el enlace donde había querido mi mente ir a parar, una pintura de Edward Hopper, donde se representa una cafetería típicamente americana, con algunos personajes en su interior y su luz proyectándose hacia el exterior, en una escena nocturna.
Se ha dicho mucho sobre el significado de su obra, especialmente sobre el tema de la soledad de sus personajes, pero en aquella ocasión la impresión que tuve al tener la “visión” que comento, fue que debía ser un lugar acogedor, un lugar donde refugiarse y donde tomar un café caliente, así que me quedo con esta interpretación tambien en la obra de Hopper.
Esta es la magia del arte, la que te permite, improvisadamente, seguir un camino en determinados momentos especiales, que une mundos paralelos en una misma dirección y en doble sentido, donde realidad y ficción se funden y, por unos instantes mágicos, pasan a ser lo mismo.
Por si alguien desea saber algo más sobre Edward Hopper:
http://es.wikipedia.org/wiki/Edward_Hopper

Edward Hopper. Nighthawks, 1942. Óleo sobre tela; 33 1/8 x 60 in. (84.1 x 152.4 cm). The Art Institute of Chicago; Friends of American Art Collection.
Hace ya un tiempo pude visitar una exposición en la Fontana d’Or de Girona que trataba sobre artistas muy diversos que trabajaban en esta ciudad y alrededores y sobre su relación con sus lugares de trabajo. Con esta entrada retomo pues aquel tema que se trató aquí sobre talleres de artista. Más que de la exposición en sí quiero hablar del catálogo que se editó con motivo de aquella. Interesa al menos echarle un vistazo porque de entre sus páginas surgen nombres más o menos conocidos por todos nosotros: Cuixart, Glòria Muñoz, Carles Fontseré, Rosa Serra, Leonard Beard,… Además resulta curioso ver los espacios donde trabajan estos artistas, los hay espaciosos, luminosos, reducidos, oscuros, ordenados, caóticos, limpios, extremadamente sucios,…Si la cara es el espejo del alma, el taller podría ser el reflejo de la manera de trabajar de cada una/uno de ellos, aunque tengo mis dudas de que en bastantes casos interfiera o determine el tipo de obra que sale de ellos, como si “el milagro” se produjese a pesar de todo.


De la vuelta de vacaciones ojeé las exposiciones que hay programadas y pasé a ver una de Jorge Oteiza. Interesante muestra, ya que se compone de una selección de piezas que recorren todas las épocas del escultor. Algunas de ellas de una colección particular. Lo que añade cierto interés a la exposición, es casi una treintena de obras sobre papel, que resulta lo menos conocido de Oteiza.


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